La última habitación
Nadie quiso rentar la habitación del fondo.
En la casa siempre había inquilinos… excepto ese cuarto. La puerta permanecía cerrada con llave, y el pasillo que conducía hasta él parecía más largo por las noches, como si se estirara cuando nadie lo miraba.
Cuando pregunté por qué estaba vacío, la dueña solo dijo:
—Ahí falleció una mujer.
No explicó cómo.
No explicó cuándo.
Acepté rentarlo porque era más barato.
La primera noche escuché golpes suaves desde la pared, justo detrás de la cabecera de la cama.
toc… toc… toc…
Pensé que era la tubería.
La segunda noche, los golpes formaban un ritmo.
Tres lentos.
Dos rápidos.
Tres lentos otra vez.
Golpeé de vuelta, molesto.
El sonido se detuvo.
A las tres de la madrugada, mi celular vibró.
Un mensaje de un número desconocido:
«No le contestes.»
Me incorporé en la cama.
Miré alrededor. Nadie.
Respondí: ¿Quién eres?
La respuesta llegó al instante.
«La que estaba antes que tú.»
El aire se volvió helado.
Me levanté y abrí la puerta del cuarto. El pasillo estaba oscuro, demasiado oscuro, como si la luz no pudiera cruzarlo por completo.
Regresé y cerré.
Los golpes volvieron.
Ahora no venían de la pared.
Venían del interior del clóset.
Lento.
Pesado.
Como nudillos contra madera.
toc… toc… toc…
Abrí el clóset con manos temblorosas.
Estaba vacío.
Pero mi teléfono vibró otra vez.
«No abras.»
Demasiado tarde.
La puerta del baño se cerró de golpe.
El espejo comenzó a empañarse sin vapor.
Una frase apareció, escrita desde el otro lado del vidrio:
SAL.
Retrocedí.
Mi celular cayó al suelo.
Cuando lo levanté, había un nuevo mensaje:
«Ahora ya es tu habitación.»
La luz se apagó.
Y los golpes comenzaron otra vez… desde dentro de mi pecho.

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